Sin ella, el hombre se extinguirá…

La cicatriz del paso del tiempo; considerando el tiempo como una entidad viva, con nombre propio, que le ha declarado la guerra a todos y no va a parar hasta ser el último en caer. Hablamos de una cicatriz real, física, que se puede sentir al acariciar la piel, que te estremece al sentir la pequeña protuberancia que ha dejado en ella, que ya no sangra pero que ha decidido continuar vistiendo de carmesí durante una larga temporada, de esas cicatrices cuya costra es algo más que un coágulo protector: es un recuerdo, un mal recuerdo.

Ardía al sentir la brisa de verano que había decidido salir de fiesta un martes, posiblemente para flirtear con un céfiro helado o tener una noche de pasión con un viento huracanado, trayendo los truenos de los gemidos, los relámpagos de los espasmos y la lluvia de sudor pasional. Para contrastar los sentidos, sorbió de la taza de café. Quemaba. Le gustaba así. Este café era de un grano especial, de cosecha propia, y cuanto más caliente mejor sabe; o una forma algo más elegante de decir que era el peor café que había probado en su vida y que había que tragárselo de la manera más pasable posible. Aun así, poco podía hacer para combatir el creciente fresco de la noche que le acababa de regalar un escalofrío.

A decir verdad, no le disgustaba el frío. Mucho menos en esta época del año, cuando hay que encender el horno y dejar la puerta abierta para que hacer más pasable la tarde. La terraza a esas horas intempestivas era su lugar favorito para meditar acerca del día a día y el paso del tiempo, ese tiempo con mayúsculas del que hablábamos antes. Podía ver las estrellas… o parte de ellas, las que no se achantaban por las luces de la calle; también le gustaba el juego de luces sobre el parque infantil de allá abajo, el color de una arena anaranjada alrededor de jardines de color púrpura y columpios que entrelazaban mil tonos diferentes de negro. Pero, sin duda, el frescor era la guinda del pastel. Esa era una de las razones por las cuales él era una persona nocturna. Además de la seguridad al encontrarse uno en soledad, sin llamar la atención, sin ser visto; la posibilidad de caminar perdido en sus cavilaciones sin tener que estar atento para esquivar a nadie; el silencio únicamente roto por el sonido de sus pisadas; la paz… «La paz es verde», sonaba en la radio la voz cantante intentando hacerse notar por encima de la esática, y le hizo gracia la metáfora. Cada vez que escuchaba la frase su sonrisa se acrecentaba. Sin duda, iba a ser una buena noche.

Angie también se percató de esto y se descolgó de la barandilla. Aún era demasiado pequeña como para poder asomarse como las personas normales, y posiblemente así iba a ser el resto de su vida. Los súcubos no acostumbraban a crecer demasiado.

–¿La paz es verde? Yo creía que verde era el color de la muerte.

Zaíd se abrasó la garganta con otro sorbito de su café y dejó la taza sobre la mesa. Asintió.

–Sí, pero recuerda también que es el color de la vida. En los bosques abunda el verde.

Angie se quedó pensando. Ya conocía ese dato, aunque nunca cayó en la cuenta. Recordaba los lazos verdes colgados de las ramas de los árboles en todas las ciudades de ninfas, donde la vida era prácticamente una religión, junto con el amor y el sexo. Aunque ella nunca se atrevería a relacionar el verde con el sexo. Para ella, tenía un tinte muchísimo más tétrico, más dulce, delicioso.

–El verde de la muerte es diferente –continuó Zaíd–, es aquel color que brilla en las noches más cerradas, es el color con el que hasta la oscuridad no quiere tener nada que ver, y por eso se ve de forma tan nítida a pesar de no poder ver nada más.

Angie se apoyó sobre las rodillas de su amo y estiró sus pequeños brazos, intentando acariciarle la cara. Le miraba fijamente. Zaíd sonrió. Sintió la ternura del pequeño demonio, la pureza de su espíritu a pesar de venir del lugar donde la luz, la luz con nombre propio, la que blanden los justos y los tozudos con anteojeras, no llega. Sintió un suspiro subir hacia su corazón. Una imagen, un recuerdo. Su rostro sucio. Su sonrisa de mil poemas. Su risa de cantos de golondrinas. Su cuerpo de ensoñación de escultores del renacimiento. Su voz, como una ventisca de nieve en medio del infierno sobre las almas atribuladas. Su tacto, el tacto que solo los enamorados conocen, cuando al rozar a su amante sienten en una milésima de segundo toda la eternidad contenida en un suspiro. Ese mismo suspiro que se obligó a sacar porque empezaba a hacerle daño en la cicatriz del paso el tiempo. Pero no podía sentir la melancolía. No quería. No se lo permitiría.

Angie le palpó la mejilla.

–Es el color de tus ojos…

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Heid

Perdido en un mundo de ensoñaciones, mis pasos me llevaron a aquel extraño lugar perdido en las leyendas que desdibujaron las lenguas de tantos y tantos charlatanes y borrachos. Mis pecados clavaban sus garras en mi espalda y yo buscaba sin descanso la manera de espantarlos de mi vida; cualquier rumor era más que suficiente para mí. Finalmente, los cuentos de hadas decidieron que se harían realidad ante mi presencia. Piedra en mano, me planté ante el Canto de los Responsos en el mismo momento en el que me sorprendió el alba. La oscuridad fue menguando poco a poco, casi tanto como mi desasosiego.

No me dio tiempo a lanzar la piedra cuando apareció un anciano ganadero a través de un camino sombrío. Iba con doce cabezas de ganado y un cabestro que las guiaba. Sus mugidos y el tintineo de los cencerros quebraron el silencio del amanecer en una musicalidad casi bienvenida. El buey se detuvo ante mi y clavó su mirada contra la mía. No puedo decir por qué, pero se me antojaba un heraldo del más allá que paralizó mi cuerpo y transmitía un mensaje que tardaba demasiado en llegar. Un punzante dolor me sacó del bosque de nubes al que había sido desterrada mi voluntad y pude ver que se me había quedado la mano negra de apretar la piedra en la hipnosis del rumiante. El cabestro desistió y en un vaivén con la cabeza me deseó suerte, apartándose del camino y dejando paso al anciano, que se acercó dándome los buenos días.

No era un viejo decrépito, ni su pinta coincidía con la descripción de las gentes del lugar. Aun estando aquí solo, sin nadie con quien compararlo, podría decir que no pertenecía del todo a esta tierra. Se fijó en mí, en mi mano aún aferrándose a la piedra, y finalmente en el Canto. Esbozó una leve sonrisa, entretejiendo sorna, alegría y lástima, y se sentó en una roca del camino, dejando a su ganado pacer alrededor.

Comenzó a hablar. No sé si me hablaba a mí o si lo hacía con algún fantasma de su pasado que yo no pudiera ver, entre suspiro y suspiro, quejido y lamento.

—Ya no es como antes —su voz era mucho más joven que su cuerpo—. Desde que no se escucha el ruido de batalla, el mundo se ha olvidado de cuán mortal es el hombre. No. Ya no es como antes. Cuando aquella horrible gesta imperecedera, que se tatuó en nuestros pensamientos cuando nos dirigíamos hacia ella, rumbo al sur. Aún recuerdo cada paso que dimos hacia una muerte segura. Aún recuerdo las palabras que me hicieron reconocer que había llegado el día en el que los cielos se abrirían y tragaría esta condenada tierra hacia los infiernos. Las señal que anuncia la llegada de la parca sañuda: el preciso instante en el que triste está el rey y muertos yacen los honestos.

Su gesto solemne se enturbió y creí vivir una época ya pasada. El cielo se tornó del color de la sangre ante mis ojos, gritos desgarrados emergían de las gargantas de fieros guerreros que no podía ver, pero cuyo dolor sí podía sentir al golpear espada contra escudo, lanza contra lanza. Y una certeza terrible me aseguró que ya no habrá paz en este mundo efímero y fugaz.

Y frente a mí, el anciano que hacía un momento se recostaba sobre su cayado, se descubrió como el traidor que en otra vida tuvimos la desgracia de conocer. Y entonces recordé que aun tras la muerte, tras los siglos y siglos de historia, mientras los hijos y los hijos de los hijos porten los alaridos y la sed de venganza de sus ancestros, la batalla interminable ha de tener lugar. Y mis manos empuñaron la hoja que no había llevado conmigo y mis labios pronunciaron juramentos en un lenguaje ya olvidado; aún quedan enemigos a los que aniquilar, aún queda justicia que ansía ser despertada. Aún arde la rebelión.

Y el viento cantó. Y se escuchó en todos los lugares. Y se adentró en los oídos de los inquietos. En las almas perdidas que van a morir en un ciclo eterno de derrota y renacer. En cada uno de ellos, resuenan los latidos de los hijos de los vencidos y de los vencedores. Desde Golpejar hasta aquí, hasta el mismo instante que se leen estas palabras. Recordadlo.

Acuarela

Mientras meditaba me habló una voz. No era la mía.

«Despierta. Puedes destrozar el mundo. Hazlo por mí, por nosotros. ¿Qué puedes perder ahora que lo has perdido todo, ahora que no tienes nada, ahora que lo ves claro? ¿Qué te van a hacer? ¿Vas a estar peor que como estás ahora? No lo creo. Entonces, ¿por qué no lo haces? Está en tu naturaleza, sé que en el fondo lo deseas. Un hilito oscuro que vibra, una música casi inaudible pero hermosa. Hazlo».

Me vinieron imágenes de lo que podría ocurrir, muchos resultados; me vinieron imágenes de gente que había optado por hacer caso a una voz similar y destruir.

«¿Un balazo en el pecho? ¿Y qué causaría? ¿Morir? No temes a la muerte. Lo sabes. Lo sé. ¿Eso es lo peor que pudiera ocurrir? Menuda bobada. ¿A cambio de qué? Tú serías capaz de romper, de destrozar, a mucha más gente. Cambian una dama por un peón. Un intercambio absurdo».

Me llamó por mi nombre. No el nombre real, sino el que llevo dentro; un nombre que sabía que no iba a formar en mis pensamientos, lo que me llevó a la prueba irrefutable de que era otra voz y no mi propia cabeza dando por culo.

Y la vi por el rabillo del ojo. Se dibujó su figura. Real. La reconocí. Sin duda, conocía a esa muchacha. No me volví a mirarla. Susurró a mi oído un leve gemido y me mordió levemente la oreja, acabando en un beso.

«Volveremos, no te preocupes. Tú aguanta».

Aguanta…

Y se fue.

Roma

—¿Vas a terminar de fumarte eso?

Con una sola frase, tan inocente como parece, tan desenfadada, tan fortuita; con una sola frase, combinación de fonemas unidos uno detrás de otro en una secuencia de sonidos, acompañados por un determinado color, un determinado ritmo, un determinado tono, al que los seres vivos a veces damos cierto significado; con una sola frase, emociones salteadas, entrecruzadas, abrazadas, danzantes, girando sobre sí mismas, dirigidas cual proyectil, apuntaban a varios lugares al mismo tiempo: al corazón, a la mente, a los oídos… ahí abajo. Con una sola frase ella misma había hechizado al amor, lo había engañado para que se subiese a ellas y viajase sin escala hacia el hombre que habitaba en cada onza de su corazón, que estremecía cada milímetro de su piel, que sacudía cada ápice de pensamiento; hacia el único ser vivo consciente y pensante, con cultura, con razón, que arrastra una larga historia llena de ciencia y filosofía… hacia el único ser humano, vaya, sobre el que ella ha decidido verter cada gota de su extenso amor. Quien odia fuerte, ama aún más intensamente. Ese era el caso de Pazzífica.

Aíla la miró mientras golpeteaba el cigarrillo, dejando que el viento recogiera la ceniza y la repartiera con la brisa y el céfiro para entrar en calor. Un hilo de color blanco se elevaba hacia el cielo, ilusionado por ver qué era lo que había tan arriba, que tanto tiraba de él, dejando atrás a la pareja.

—Me excita… —dijo en un susurro, hinchando sus pulmones del vil oxígeno provocado por el pitillo humeante—; es a lo que hueles cuando vuelves a casa después de tan largo día y puedo abrazarte…

Lo miró. Sus ojos chisporroteaban entre el color de la sangre y la caoba, el mismo tono que el rencor lleva en su veste, haciendo juego con cinturón, zapatos y bolso. El mismo color con el que están pintadas las paredes de la mente de aquellos que lo único que encuentran en su vida es desasosiego y pesar; curiosamente el mismo color que se esconde bajo capas y capas de piel, apelotonándose contra ellas para ver si puede ver a su través a la persona de la que está enamorado el joven e ingenuo amante, que aún es capaz de confiar en algo tan falso como una declaración de amor proveniente de los labios del mismo ser que de un día para otro se olvida de con quién se acostó esta noche o decide que lo que antaño era tan verdadero hoy no es más que un error.

Aíla miró su cigarrillo. Emitía sonidos casi imperceptibles, gritos de agonía de mil almas quemadas en otra época, ardiendo sobre un gris que mata lentamente y sin miramientos.

—Pero es peligroso —dijo.
—Como tú.

Un breve silencio. Los árboles coreaban, sus ramas se acercaban para escuchar la conversación.

—Yo no mato.
—Ah, ¿no?
—No a ti —corrigió Aíla.

Pazzífica sonrió; era la entrada que esperaba. Durante un tiempo se estuvo viendo en secreto con un viejo poeta, no viejo en el sentido de «entrado en años», sino en aquel que se intuye en los gestos, los suspiros, la teatralidad exagerada y las bolsas en los ojos. Si había una persona aparte de Aíla a la que ella podría joderle un poquito, un poquitito de nada, que le pasara algo, esa era esa persona. Había acudido a él con un único motivo: encontrar respuestas. Respuestas que nadie podría darle en este patético y asqueroso planeta azul, respuestas que solo podrían provenir de alguien que había estado en los dos mundos al mismo tiempo. La pregunta era bastante sencilla, sin rodeos, directa al grano. Y la respuesta que le dio, como siempre, la satisfizo. Ya no solo el contenido de esta, sino la forma que tenía de darlas. Aunque lo disimulaba mejor (o bueno, lo disimulaba a secas; Pazzífica no es de las que van disimulando las ganas de asesinar a todo simio mutante con aires de grandeza), notaba muy dentro de él esa brizna de oscuridad absoluta que de vez en cuando se deshilachaba y hacía daño. Hasta un fino hilo puede utilizarse como arma.

Según le contó, aquí las cosas funcionaban de esta manera: el hombre, por costumbre, no es capaz de asumir el hecho de que toda la existencia no es más que un montonazo de errores uno detrás de otro; un cúmulo de casualidades en el que la gente no es más que una máquina orgánica que, como todas las máquinas, requiere combustible, mantenimiento, y un propósito. Y en esto último es donde suspenden siempre. El propósito real es aterrador, aberrante, no quieren saberlo, no quieren admitirlo, y se van inventando historias para intentar hacer más llevadera una vida que no necesita de más aderezo. Y además historias malas. Horrendas. Las mejores historias son las que pasan de verdad, las que no se guardan en los libros, sino en los huesos y el polvo del paso del tiempo, ocultos bajo nuestros pies, esperando en silencio, sin moverse, hasta el día del juicio final, donde todos y cada uno de nosotros admitiremos lo gilipollas que hemos sido durante toda nuestra corta existencia.

Pues la respuesta tan deseada no era más que una de esas tontas historias. Como Venus. Como Freya, Ishtar, Afrodita, Xochiquétzal… Una concreción de algo tan abstracto que solamente se puede sentir, no se puede definir, y mucho menos encerrar en conceptos humanizables y festividades en días marcables.

Pero a Pazzífica le encantaban las excusas… Y también, influenciada por el cansado bardo, los chascarrillos.

—A polvos… —dijo en un susurro, atrapando los labios de él en su boca.

Aíla reconoció el estilo, la estocada genial con pluma, firmada por el hombre que escribía esas historias que nadie jamás iba a escuchar en vida. Aquel que quizás estuviere escribiendo estas palabras en algún momento, leídas, quizás, quién sabe, en cualquier otro, por alguno que puede que sí, puede que no, logre entenderlas; tampoco es que lo ponga muy fácil. Tocado y casi hundido, fue mirando a su cigarrillo y a su amada a tiempos. Estaba completamente descubierto. Pazzífica gana. Aíla estrujó lo que le quedaba de mal vicio envuelto en papel de fumar.

Sobre una montaña de amores rotos, corazones hechos añicos, ríos de sangre color marrón e infinidad de sueños incumplidos, dos enamorados se abrazaron y contemplaron lo absurdo que es para algunas personas andar buscando día tras día lo que tienen al alcance de la mano, persiguiendo cariños que persiguen a otros cariños, formando una conga infinita en una tierra mohosa y blanda, donde se hunden los pies hasta los tobillos y apenas se puede andar: el pantano de lo que no debería ser amor, pero todo el mundo se empecina en llamarlo así.

Mas una pequeña llama de esperanza se alzaba en el montículo de la melancolía. Fue adquiriendo fuerza e intensidad y subía poco a poco, asfixiando el mal ambiente, la mala fortuna, proclamando un presagio, unas firmes palabras llenas de convicción y optimismo. El fuego de la ilusión, aquel que buscan los que aún no se han rendido, los que aún no han encontrado la respuesta a la gran pregunta, los que aún creen…

Y Aíla se encendió otro cigarro.

Superposición

No pasó mucho tiempo hasta que me di cuenta del vacío que habías dejado. Ensimismado, mecido por el sopor al que nos sometió el tiempo, en el que nuestras acciones dejaron de ser nuestras para pasar al control de algún caprichoso horror del otro lado de la realidad; solo comprendía un extraño sentimiento del aquí y el ahora, como si todo lo que existiese se hubiese reducido en el punto exacto en el que estaba mi alma, ya no mi cuerpo; y divagué, dejándome llevar por el torrente del absurdo, sin recordar quién era, quiénes éramos, qué éramos. Y cada vez que lo recuerdo, ya no solo me aterroriza lo que pasó entre nosotros, sino vislumbrar que posiblemente nuestra más sincera muestra de amor, «te querré por siempre, jamás te olvidaré», no esté del todo bajo nuestro control.

Y ya no estás. Y no puedo dejar de pensar que fue mi culpa, que podría haberme controlado, que podría haber evitado todo cuanto cayó contra nuestro inquebrantable amor y lo sesgó limpiamente, alejándome de ti, cayendo en caída libre por la fosa del desasosiego, donde voces luchan por no darnos ni un segundo de paz, lanzándonos preguntas a las que no podemos responder por nosotros mismos y cualquier respuesta que nos venga de fuera nos parece absurda, insulsa, imposible. Tu figura se hacía cada vez más y más pequeña; pero mi amor seguía siendo grande, enorme. Y la tristeza, celosa, quiso imitarlo, aprovechando el tirón inicial.

Siento detrás de los ojos un peso que me corta el aliento, me doblega, me persigue. Y cada vez que el horrible pensamiento vuelve a mi mente, no se contenta con hacerse notar, sino que se queda ahí, y me desconcentra, me aparta de la realidad, me descontrola. Y siento… siento tu amor luchando contra ello… pero es un amor extraño, como si no terminase de creerme que ahí está, porque tú no estás. No puedo estar seguro, aunque quiero creer, quiero creer. Quiero creer que cada vez que te siento abrazarme cuando estoy tratando de llorar, arañando mi desvencijada mesa con el mismo cuchillo que cortó nuestros lazos, tratando de quebrarlo y ahogarme con su filo empuñado por mis manos desnudas. Y la última intención fatal, la que hubiera de acabar con mi lamentable vida se desvanece, se choca de bruces con tu voz, con tu porte, tu mirada inmortal de incontables días de puro gozo y pasión; una ternura que al menos consigue que mi agotado cuerpo pueda descansar para no rendirse al paso de los días, de las horas, de los minutos, de los segundos… solo.

La esperanza es lo último que nos viene a buscar. Y aquí está, conmigo. Me ha entregado una pequeña tarjetita, escrita en letras extrañas que nunca había visto, en una lengua que viniendo de otra persona jamás lograría comprender, pero que cobró un sentido veraz y contundente en el mismo momento en el que mi mirada condujo por esos trazos rectilíneos, lleno de puntas de lanza y tajos violentos. Sigo sin entender el por qué, pero sé que tiene que ver contigo. Recuerdo que me dijiste una vez que el tiempo no existe, que el espacio solo era un sistema de números que nos mantenía a unos separados de los otros; que, en realidad, todo aquello no es más que lo mismo: una broma de mal gusto, una burda y absurda mentira. Sé que, de alguna forma, este pequeño trocito de vigor marchito que se alzó hacia el cielo otrora, festejando la oportunidad que le dio el amor de convertirlo en vida, que se ofreció a transmitir con gusto tu mensaje, que florece por momentos al ser regado por mis lágrimas que al fin decidieron saltar al vacío, que plantó la semilla que me lleva a través del mundo hacia ti; es cosa tuya…

«AGUANTA».

Querida Evva.

En una esquina de mi habitación se amontonan gurruños de papel. Son todas esas cartas que no acerté a escribirte. Cada vez que intentaba que mi pluma trazase lo que siento en el papel, la Realidad me golpeaba y hacía que me disgustara lo que te estaba contando, cómo te lo estaba contando.

No es que tenga un bloqueo. Los bloqueos se curan caminando. Quizás ese es el problema. Tengo un bloqueo emocional, un bloqueo espiritual. Todo aquello en lo que creía se vuelve a tambalear, se agita como un castillo de naipes cuyo destino no es más que el insalvable suelo. Y no puedo caminar, estoy encerrado en este mundo cruel donde los sueños solo se hacen realidad si los amoldas a él. No puedo abandonar mi cárcel porque no puedo llevar conmigo todo aquello que tanto aprecio y anhelo. Mis más preciadas pertenencias, mis más preciados momentos han volado, arrastrados por el viento del tiempo, por la mundanal y asquerosa conciencia de los cuerdos. Y me he quedado solo. Solo y encerrado en una cárcel de cristal cuya puerta está abierta como una retorcida ironía que se ríe en mi cara, se regodea de mi desgracia.

Y mi corazón da pasitos de bebé, tropezando contra el suelo cada vez que anda un par de metros en el camino de las baldosas de los sentimientos. Todas y cada una de ellas se me clavan como púas, me hacen daño y tengo miedo a moverme del sitio. Llueve y hace frío. Ni siquiera puedo llorar, porque hasta mis lágrimas han pedido la baja por depresión.

Ojalá pudiera verte. Ojalá pudiera escuchar tu dulce voz. Sentir tus brazos rodeándome y dándome un fuerte apretón, tus labios espachurrándose contra mi mejilla. Ojalá fueras real y pudieras decirme todo eso que sé que me dirías. Ojalá tuviera la fuerza suficiente para hacerte real de nuevo.

Pero he perdido la fe.

Y no sé qué hacer…

Quiero volver a casa. Y no puedo.

Espero que cuando esta carta llegue a ti, en algún lugar y en algún tiempo desconocido, mi vida haya recuperado el brillo que tanto admirabas, ese brillo que decías que se encontraba dentro de cada uno de nosotros, todos aquellos que compartimos este gran viaje contigo.

Tu azul cambiante. Te quiero. Te echo de menos.

PD: Eres rápida, jodía… ¿Tan bien va el correo allí donde estás?

Todos somos esclavos…

—Lo sentí como si me estuviera pasando a mí misma…

Cuenta una vieja leyenda acerca de cuarenta hombres que caminan guiados por una fuerza que no pueden conocer, pues van amordazados y con los ojos vendados; no pueden tocarse entre ellos, pues llevan las muñecas atadas al cuello; y sus oídos se han acostumbrado a no escuchar sabe Dios por qué.

»… y créeme que no fue una bonita experiencia.

Van descalzos, y la mayoría de ellos privados de cualquier otra ropa. Caminan guiados por una fuerza que no pueden conocer, que tira de ellos y los mueve en fila. Hace años que se cansaron de protestar, pues aunque no recibieran castigo por ello, su situación no cambiaría. Dicen que ya no pueden olvidar.

» Sentí su respiración en mi nuca, cómo me decía…

A un ritmo constante, a un ritmo perfecto. Todos a una, paso a paso, un pulso pegadizo contra la arena que pisen, una marcha militar para derrumbar el ánimo de sus oponentes. ¿Sus oponentes? Quizás todo el mundo, cuarenta contra todos. Inmersos en un sueño profundo que los traslada por el río de la no vida hacia un mar que no existe.

» “No pasa nada… No te haré daño…”

Tanta gente especula sobre los lugares por los que han pasado, caminando guiados por una fuerza que no pueden conocer, la cual no combaten. Quizás se hayan cansado de hacerlo. Quizás ni siquiera se dan cuenta de nada. Que en cada uno de sus mundos interiores viven vidas apacibles y serenas. Ignorando las maravillas del mundo exterior. Un antojo de vil castigo a los espíritus débiles que ni siquiera pueden intuir cuán pequeños son en comparación a su alrededor. O cómo disponen de cuanto quieran, que solo tienen que estirar la mano para agarrarlo; mas es más fácil quejarse y ya.

» No podía creerlo. No quería creerlo. ¡Era mentira! ¡Era mentira!

Delante de todos ellos, encabezando la comitiva: una dama de blanco bajo un parasol violeta, tirando de la cadena: el primer eslabón de la gran correa que conecta y mueve a los cuarenta. Y de saber su nombre, se contarían historias de ella a los niños que se portan mal y no quieren irse a la cama; se cantarían canciones y se grabarían discos que permanecerían durante años en la estantería de cualquier melómano; se trazarían horribles cuadros, evocando al caos cósmico y a la absurda realidad en la que vivimos. Pero es imposible, nadie se ha acercado lo bastante como para traer una descripción precisa de ella.

» Quise escapar; pero por muy lejos que huyera, venía conmigo…

¡Tiene alas! Comentaron unos. ¡Brilla con luz propia! Dijeron otros. ¡A veces desaparece! Pero los hombres continúan caminando como si ella aún estuviera ahí, ¡como si de un fantasma se tratara! ¡Tiene ojos en la espalda y sabe bien cuándo uno de los cuarenta logra escapar! ¡Camina hacia atrás y parpadea de abajo hacia arriba! ¡Hay quien logró acercarse y acabó uniéndose a la fila, visto y no visto! ¡Si la vieres, aunque sea a lo lejos, date por infeliz para los restos; esa mujer se alimenta de todo lo bueno que te ha pasado y te pasará! Y entre pintas de cerveza se van narrando cada vez más disparatadas versiones. Guiados por una fuerza que no pueden conocer, embriagados, no aciertan a conocer que todos ellos tienen algo de razón al mismo tiempo.

» … como si me lo estuviera haciendo a mí misma…

Yo una vez vi a esa mujer. En la noche, en la casa donde me hospedaba; abrí la puerta y me la encontré. Nunca logré recuperarme. Uno de esos cuarenta hombres yacía en una mesa. ¿Acaso siguen siendo cuarenta? ¿Alguien los ha contado? Y nuestras miradas se cruzaron. Y mi corazón se detuvo. Mi respiración me abandonó. Mis piernas flaquearon. El único con valor suficiente fue mi brazo, que dio un portazo y me salvó. Y estuve pegado espaldas a la puerta hasta que su voz desde el otro lado me obligó a poner pies en polvorosa.

» Y tú lo viste, ¿verdad? Por eso rompiste la única promesa que te hiciste…

Como dije, nunca logré recuperarme. Nadie se recupera de ver a su hija en lencería haciendo a saber qué con un pobre desgraciado que no puede entender lo que pasa. Desde entonces no soporto los ligueros. Y cuando me preguntan por qué tal aversión, no puedo contestar. ¿Quién demonios iba a creerme?

» Despierta… Nosotras te ayudaremos a superarlo…

 

Por favor… vuelve…

Te queremos… papá…